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EL ESPACIO RURAL EN PLATERO Y YOConcepción Pérez Rojas
En el estudio del espacio andaluz, no podía faltar la referencia a la más popular de las obras de Juan Ramón Jiménez, Platero y yo. No cabe duda de que en ella el lugar pasa por ser no sólo el escenario de las peripecias de los personajes, sino una entidad protagonista del relato, en la misma medida en que puedan serlo el burro platero o su dueño. A lomos del animal y embutido en una mirada de niño, el sujeto, ya adulto, traza un recorrido por las múltiples y diferentes caras de Moguer: sintácticamente, estampas que enhebran y estructuran el discurso; semánticamente y en un segundo nivel de significación, estaciones de tránsito obligado en el viaje iniciático que todo el periplo es.
En este contexto, son dos las vertientes en que el desplazamiento se traduce: en primer lugar, la evocación del espacio (paradisíaco, casi genesíaco) de la niñez, en el pueblo de Moguer; en segundo término, la búsqueda de sí, que pasa para el sujeto, ineludiblemente, por la indagación del origen y, a menudo, por el retorno a él.
No obstante, y fiel al propósito definido en la versión multimedia de la colección Espacios literarios andaluces, la obra narrativa enlaza con otros discursos –el pictórico, en este caso, tomando como referencia la producción de Goya–. Pues si a ambos autores separan tiempo, estética y lenguajes, comparten rasgos de personalidad y de carácter suficientes para justificar la proyección de una mirada común.
En este sentido, serán las obras de la segunda época de Francisco de Goya (sus Caprichos y sus Disparates, sus grabados, lienzos y murales más horrendos) las que sirvan para ilustrar el tan a menudo mal considerado bucólico relato de Juan Ramón. En la tragedia del pintor, lo mismo que en la melancolía del poeta, subyacen la desazón por la pérdida, la búsqueda y la añoranza del origen, junto con la incomprensión y la extrañeza de los hombres, la crítica y la condena de un mundo.
Palabra e imagen, textos literarios y visuales se demuestran, pues, capaces de contener crónicas casi paralelas, a pesar de la distancia de sus contextos. La sociedad decimonónica, lo mismo que la contemporánea, quedan representadas en las figuras de seres monstruosos y sencillos, locos e inocentes, rufianes y caricaturescos. Se trata, en definitiva, de tipos universales que tornan universales, a su vez, las obras y a sus autores.
Platero, al que en una primera lectura bien puede asociarse una mezcla de fragilidad y de ternura, no permite obviar, en una segunda, el enérgico rechazo del autor hacia una sociedad hipócrita y corrupta, la denuncia, el compromiso de la mirada; al mismo tiempo que la íntima desazón y el extrañamiento del poeta, la introspección, la añoranza y la duda. En justa correspondencia, Caprichos, Disparates, Pinturas negras serán, para Goya, la expresión visceral y convulsiva de su aversión y su crítica social, a la vez que de su drama personal y su aislamiento.
El viaje, como símbolo, está presente, explícita o implícitamente, en los grabados y pituras del aragonés, igual que en el texto del moguereño. Si a lomos del burro platero el poeta ensaya su desplazamiento (expresión de un tránsito físico y mental), Goya no vacila en recurrir a seres que con frecuencia aparecen suspendidos del aire, en pleno vuelo, cuando no sorprendidos en mitad de alguna suerte de periplo.
De la coexistencia, en las obras, de espacios físico y psíquico, lo mismo que del ensamblaje de las distintas artes y disciplinas, da cuenta este CD, desde un enfoque pretendidamente interdisciplinar.
Pintores, músicos, poetas, no pueden sino asumir en sus creaciones la pregunta y la búsqueda que les mueve y que son, pese al artista, la pregunta y búsqueda del hombre. |
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