Francisco Ayala. El sentido y los sentidos
17 de Octubre de 2008Autor: Manuel Ángel Vázquez Medel
Sevilla, Alfar, 2007. 242 páginas.
Mª Elena Barroso Villar
Ya se nos va quedando bastante atrás la continuada sucesión de homenajes importantes a Francisco Ayala y de celebraciones institucionales por su cumplesiglo, de las que tanto nos relataron los medios de comunicación durante 2006. Pero desde bastante antes, desde más de quince años antes, incondicionales y apasionados lectores de su obra, incansables impulsores de los estudios sobre ella mediante la dirección de seminarios, simposios y congresos, pero, también, autores de publicaciones señeras, personales y colectivas, que la analizan e interpretan, dos catedráticos de universidades andaluzas venían aunando iniciativas y esfuerzos, venían alzando la voz y la palabra, venían recorriendo un camino jalonado de dificultades, en decisiva contribución para que al gran escritor granadino se le restableciera al puesto de nuestras letras y de nuestro marco cultural que el exilio le había usurpado. Son Antonio Sánchez Trigueros, en Granada, y Manuel Ángel Vázquez Medel, en Sevilla. Codo a codo con ellos participaron en idéntico afán investigadores de esas y de otras universidades: Carolyn Richmond, Antonio Chicharro Chamorro, Rosa Navarro Durán y tantos más. En la de Sevilla Rafael de Cózar y yo misma venimos uniéndonos a ese quehacer conjunto. El atributo “ayaliano”, pues marca ya desde hace tiempo y de muy natural manera a los miembros de ese colectivo, no se les adhirió en 2006 o en sus alrededores.
Sin duda alguna, en el caso de Manuel Ángel Vázquez Medel han evidenciado y evidencian en altísimo grado ese ser “ayaliano” expresiones múltiples de su actividad intelectual que cristalizaron en abundantes publicaciones, bien conocidas, de las cuales la última de momento es el libro Francisco Ayala. El sentido y los sentidos, editado por Alfar, la editorial más ayaliana también.
Este título, explica el autor, quiere rendir homenaje a quienes en 1992 codirigieron un curso de verano de los que la Universidad Complutense ofreció en El Escorial y que se tituló precisamente así. Fueron Carolyn Richmond y Antonio Sánchez Trigueros. Además, sigue diciendo Vázquez Medel que ha querido “retomar, completándolas ahora, algunas notas que entonces expuse sobre la búsqueda del sentido, la presencia del universo de los sentidos y los fundamentos de la antropología ayaliana” (p. 67).
Claro es, estas palabras se refieren a uno de los ensayos que cooperan a formar el volumen completo: el que el autor eligió precisamente para rotular el conjunto y, además, también una sección de las dos en que distribuye un capítulo. ¿Por qué lo haría? Y ¿por qué tanto insistir en tal nominación?
Detengámonos en algunas paradas, descriptivas y reflexivas, de la vía hacia la respuesta.
Además del prólogo y del cierre que titula, respectivamente “Voluntad de sentido” y “A modo de conclusión”, Vázquez Medel organiza los otros dieciocho escritos del libro en seis apartados: “Testimonio personal”, Aspectos Generales”, “La obra de Ayala”, “Ayala y la comunicación”, “Fuentes e influencias fundamentales” y “Conversaciones”. En cada uno incluye un número desigual de ensayos -o de entrevistas con Ayala, en el caso del último- bastantes de los cuales había publicado en volúmenes anteriores y que, reubicados ahora, conectados, confrontados entre sí y con los demás, proyectan todos juntos un efecto especular que nos muestra, más nítidos que nunca antes, varios aspectos de la imagen de su autor al interpretar la obra de Ayala, mirándola y viéndose en ella. Porque Vázquez Medel confiesa, lúcido, ese reconocerse en ciertas formas, claves de significación y talante ante el mundo que, transversales, recorren la escritura ayaliana toda. Muchas veces percibí que esto era así y lo comprendo bien, en la medida en que vivo asimismo cierta manera de identificación con ésta, porque, vigorosamente persuasiva, es muy capaz, no ya solo de transmitir modos de interpretar el mundo y de estar en él, sino, lo que es más, de “contagiárnoslas”, modelando pensamientos y actitudes. Manuel Ángel Vázquez Medel confiesa su complicidad re-flexiva incluso en la la autofiguración fragmentaria descrita en esa especie de epílogo con que Ayala concluye El jardín de las delicias y que refrenda la de “El espejo trizado”, uno de sus fragmentos tupidos con más importante simbolismo: “De modo que –escribe Vázquez Medel-, en el preciso instante en que meditaba sobre hasta qué punto los textos recopilados a continuación (algunos de ellos inéditos) podrían contribuir mejor al reconocimiento del mundo de Ayala, me doy cuenta de que también reconozco en ese espejo trizado mi propio rostro” (p.10). Sin embargo, modesto, cauteloso, no deja de advertir la distancia y, de paso, declara el propósito de mostrarnos en perspectiva múltiple el mundo de Ayala: “Por fortuna, creo que su reflejo es tan débil para el lector común, que no desvirtuará ese otro rostro que se desea mostrar -de frente y de perfil, como el arte cubista de sus juveniles años- y que es el de Francisco Ayala” (Ibid.).
Podríamos ver en esta obra de Vázquez Medel dos antesalas previas a la especulación que se adentra en la de Ayala y que estrictamente comienza con la sección “Francisco Ayala, el sentido y los sentidos”, del apartado “Aspectos generales”. Forman la primera de esas antesalas los dos escritos del capítulo “Testimonio personal” que abre el libro: “Fascinante Francisco Ayala” y “Francisco Ayala, incitator mundi”. El aviso no puede ser más claro ni mejor cumplido: Vázquez Medel atestigua, en efecto, acerca de sus contactos primeros y luego sucesivos con la escritura y con el escritor; acerca de cómo y por qué una y otro fueron dejando mella honda en él mismo; acerca de razones por las que la obra y la personalidad de Ayala inquietan, persuaden, convencen, transforman a quien establece diálogo lector o personal con él (acaso no tanto a quien, mero “receptor cómodo, sentado”, espera una comunicación de ida, desde el texto hacia su confortable asiento, pero sin vuelta. Es decir, una incomunicación). Vázquez Medel, nada “neutral”, se implica, valora, apuesta. Pone las cartas de su juego sobre la mesa: declara desde qué particular situación y sintonía comunicativa con el escritor y su obra va a decir cuanto dice en los ensayos que siguen. Incitados quedamos a entrar en la segunda antesala: la sección, “De sus pasos en la tierra”, que inicia el mismo capítulo (o sea, “Aspectos generales”).
En ella ese problema último del existir o desvelar aspectos de la humana condición para dar “Razón del mundo”, como reza el conocido título ayaliano, no acaparan todavía el primer plano de interés, que ahora se focaliza sobre otros asuntos, solo en apariencia más de superficie, pero imprescindibles para conocer buena parte de la trayectoria y de la peripecia –vitales e intelectuales- de Francisco Ayala. Conocer que esclarece aspectos sustantivos del pensamiento y también formales, inscritos en su obra. De ahí esa “Primera mirada enciclopédica” que es el ensayo de apertura. Mirada que va acercando el punto de observación hacia las relaciones de Ayala con Andalucía, centradas sobre todo en las huellas granadina y sevillana que marcan ánimo y escritura. Mirada que, más abarcadora, atiende luego la travesía de Ayala –vital e intelectual, insisto- que se derivó del exilio en América y del que extrae cumplidas noticias y valoraciones “Del Genil al Río de la Plata: Claves de la etapa argentina de Francisco Ayala”, antes incluido en Francisco Ayala y América (2006), volumen en que los mismos editores del anterior reúnen aportaciones al Simposio Internacional desarrollado en la Universidad Internacional de Andalucía en mayo de 2004 “con la voluntad de contribuir al mejor conocimiento de los años americanos de nuestro granadino universal” (Prólogo, p. 9).
Llegamos a la sección y, dentro de ella, al ensayo homónimo, “Francisco Ayala, el sentido y los sentidos”. Conocemos ya el resorte de Vázquez Medel para componer y titular este último. Pero, si no parece plantearnos preguntas la significación de “los sentidos” corporales como vías de acceso a la comprensión del sentido, sí pueden formulárnoslas las peculiaridades significativas de este último. Sospechamos, eso sí, sin esfuerzo y con razón, que se trata del sentido final de toda existencia y, de manera muy concreta, de la del mismo Francisco Ayala. Con todo, de antemano, estamos sin pistas orientadoras acerca de la ideología donde se sostiene ese buscar el sentido ni de los modos, formas y estrategias mediante las cuales emerge a la superficie de su discurso, sea literario, de ensayo o periodístico, si conviniésemos en que éstos se pudieran delimitar sin más en el caso de nuestro escritor (y no solo en él). Pues bien: al proponemos desentrañar la “constante” indagadora de Vázquez Medel en cuanto a la obra de Ayala, este libro nos la desvela: a lo largo y a lo ancho de sus más importantes estudios, el autor se esfuerza por descubrir, perfilar, encuadrar culturalmente, explicarse y explicarnos claves ayalianas o matices, conceptuales o formales, que responden aquellas preguntas sobre la búsqueda del sentido por parte de nuestro granadino autor, viéndolas en sintonía con aspectos de la personal trayectoria de éste.
Sin embargo, y a mi entender, en el corto ensayo de título ya tan citado aquí no es precisamente donde hallaremos más desarrolladas las respuestas esclarecedoras. Un despliegue mayor de la cuestión habremos de buscarlo en otros. Sobre todo, en dos: Tiempo vivido y tiempo fingido en la obra de Francisco Ayala y Glorioso triunfo del príncipe Arjuna: síntesis de la cosmovisión ayaliana.
El primero se editó antes en el libro El tiempo y yo. Encuentro con Francisco Ayala y su obra (2004), compendio de intervenciones sobre la escritura ayaliana en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, de Santander, durante el verano del 2001. Lo coeditaron el mismo Vázquez Medel y Antonio Sánchez Trigueros, tomando el título, según es obvio, de otro de Franciso Ayala mismo– El tiempo y yo- que había publicado por primera vez junto con El jardín de las delicias.
Ahora ese ensayo, séptimo y último de los que conforman el apartado “Aspectos generales” queda incluido en la sección segunda de éste. E importa mucho subrayar el hecho de que “Tiempo vivido y tiempo fingido…” se acoja al amparo de esa amplia denominación común que es “El sentido y los sentidos”. Reconocimiento expreso, anuncio claro sobre cuál es su eje de interés y, repito, en mi opinión, el más importante estudio de ese capítulo en lo que se refiere a la cuestión sobre el existir.
Pero, también a mi modo de ver, donde Vázquez Medel expresa más hondo y más definitivo esa constante en la obra de Ayala es en “Glorioso triunfo del príncipe Arjuna: síntesis de la cosmovisión ayaliana”. Antes fue parte del volumen Francisco Ayala: El escritor en su siglo (1998), que reúne conferencias en el Paraninfo de la Universidad de Sevilla tras haber reconocido ésta al escritor andaluz entre sus doctores Honoris Causa. Reubicado, es el segundo ensayo de los cuatro que forman el capítulo “La obra de Ayala”. Observa y trata de comprender Vázquez Medel que, siendo el escritor granadino “uno de los grandes maestros del humor y la ironía (en una amplia gama de registros y matices), puestos al servicio de la esencial realidad del hombre” (p.118), extraña que éstos no se den en alguno de sus escritos, como es el caso de Glorioso triunfo…
libre reescritura del núcleo mismo de la Bhagavad-Gita, el Canto del Bienaventurado interpolado en el Mahabharata, obra mayor de la sabiduría hindú.
Dos razones complementarias se nos ocurren para explicar el especial carácter de esta narración: una se refiere al hecho de presentársenos como verdadero compendio de la cosmovisión ayaliana; la otra, al lugar que ocupa en su producción literaria de posguerra (Ibid.).
Y para hablarnos de esa ubicación empieza por recordar el criterio de Ayala mismo sobre ella, expreso en palabras bien conocidas, de aquellas que introducen El escritor en su siglo:
A partir de ahí ha podido observarse en mi evolución literaria un tránsito desde el tono de la más seria y aun siniestra gravedad –Los usurpadores, La cabeza del cordero- hacia un humor sarcástico que se iba dulcificando cada vez más, en diversas narraciones, entre ellas las dos novelas consecutivas Muertes de perro y El fondo del vaso, hasta dejar oír finalmente algunas notas de melancólico lirismo en El jardín de las delicias, delatando un significativo proceso de interiorización (cifr. Ibid.).
Pero, además de detenerse en las líneas del pensamiento ayaliano encarnadas en el texto y teñidas con huellas de cosmovisiones orientales mediatizadas, acaso, por Schopenhauer, Vázquez Medel detalla el itinerario editorial, marcado por tres momentos, mediante el que Glorioso triunfo del príncipe Arjuna se nos fue ofreciendo a los lectores, contextualizado de diferentes modos. Detalla la estructura de este relato y lo hace para engarzarla en la semántica, en la significación dominante y ésta, a su vez, tiene que ver con que, si bien Arjuna vence, ha de pagar el precio de una victoria que costó la vida a enemigos, sí, pero también a seguidores y, sobre todo, al sabio consejero Sendar. Subrayando que ni aquella significación, la búsqueda del sentido último, ni otras implicadas en ella son primicias de este relato –ni tampoco se acaban en él, habría que añadir- argumenta Vázquez Medel que es aquí donde una y otra se desvelan, nítidas y concisas, asociadas, todas ellas, a ciertos valores o unidades ideológicas sustantivas del universo de Ayala. Y se relacionan con que el príncipe triunfe de verdad cuando sabe
Aceptar su destino; actuar con ecuanimidad y despego; buscar un orden pacífico y justo… superar los engaños de los sentidos, el apego al gozo, el miedo al dolor… aceptar la muerte para vivir con dignidad y reconocer que sólo es invulnerable quien ya está muerto… pero que, a la vez, en esa total extinción, en esa nada, se alcance la felicidad prometida del nirvana (p. 127).
Ha de subrayarse que si ese relato de Ayala compendia, tamizado y en breve, lo más selecto del sustrato ideológico en su literatura, también es en el ensayo que le dedica Vázquez Medel donde éste último deja entrever mejor su gran sintonía o simpatía con la verdad oculta tras la apariencia de la anécdota y hacia la que guía la palabra ayaliana.
Otro artículo se centra en la escritura más literaria de Francisco Ayala. Antecede al que acaba de ocuparme y analiza estrategias estilísticas de El boxeador y un ángel, uno de los muy pocos textos ayalianos que se adscriben a las tendencias de las vanguardias históricas, si bien nunca dejó su autor de estar en la avanzada del estilo, de las estrategias narrativas y de la composición, aunque, eso sí, ni siquiera durante aquellas primeras expresiones de su escritura omitió plantear asuntos de los que importan al ser humano, tal como Vázquez Medel destaca y había destacado al prologar Francisco Ayala y las vanguardias (1998), donde incluía ya este ensayo.
Tales son, en Francisco Ayala. El sentido y los sentidos, los análisis de la obra que por lo general convenimos en llamar “creativa” o “poética” en el sentido amplio de esta palabra, muy del gusto de Francisco Ayala. Los otros dos estudios del mismo capítulo (“La obra de Ayala”) versan sobre sus ensayos. Puede decirse que ninguno de los más importantes, queda “desemplazado”-permítaseme acudir a un término tan característico de la teoría del emplazamiento que Vázquez Medel viene desarrollando- , desatendido, fuera de la mirada indagadora de éste, quien se aproxima a un intento de clasificar la que llama “ingente producción” ayaliana distinguiendo entre:
a) Ensayos de teoría y crítica literaria –Las plumas del Fénix, El escritor en su siglo- y otros incluidos en Ensayos, que habrían de fundamentar Francisco Ayala, teórico y crítico literario, publicado por Antonio Sánchez Trigueros y Antonio Chicharro.
b) Sociológicos, que culminan en Tratado de sociología (1947) e Introducción a las ciencias sociales (1952), pero donde caben también Razón del mundo (1944) o el volumen que lo incluye Hoy ya es ayer (1970).
c) Los que, juntos, son “una de las muestras mayores del periodismo de opinión del siglo XX” (p.134), compendiados en Mi cuarto a espadas (1988), Contra el poder y otros ensayos (1992) o En qué mundo vivimos (1996).
La perspectiva de Vázquez Medel, panorámica al principio, percibe, también en estos escritos, una circunstancia y varios atributos, pues son reconocibles en la obra entera de Ayala: de un lado, en lo relativo a la primera, a la circunstancia, subraya el tiempo entretejido de su escritura poética y de la demás: “con un leve predomino de una u otra […]. Son –a mi juicio- las dos alas con las que se eleva, de la gravidez insoportable de su siglo, un Ayala-Atalaya que nos permite otear la única posible tierra prometida de la dignidad” (p.132). Ello porque su actividad creativa “no es incompatible (todo lo contrario) con la atención a los acontecimientos que se desarrollan en torno” (p.147). Así pues -añado- escritura no solo atenta a la especulación generalizadora, sino, muy con los pies en la tierra, inmersa en la actualidad correspondiente, sagaz para interpretar el acontecer más significativo, aspecto que no deja de ejemplificarse con que, casi recién nacido el cine, Ayala formuló certeramente determinadas funciones sociales de éste.
De otro lado –me refiero ya a los atributos constantes-, destaca Vázquez Medel el alto rango estético del estilo y la integridad moral en la obra de Ayala, quien, al expresarse mediante el ensayo, tampoco deja de buscar el sentido. Y “Es, sin duda, esta integridad, esta entereza, la nota más caracterizadora del universo moral, de la creación de la belleza y de la perspicacia intelectual del mundo ayaliano. Un mundo del que procura “dar razón” a través de estudios muy diversos” (p.133).
Repasando la cronología editora de Ayala, Vázquez Medel nos orienta por entre un proceso largo, donde ficción y ensayo se tejen, alternan o solapan.
Al puesto central de interés que tienen para Ayala distintas y tan importantes expresiones de la comunicación social como la televisión, el periodismo en su más amplio sentido, la publicidad y el cine; a la misión, ayer y hoy, de las humanidades y de los intelectuales, al hecho comunicativo que la literatura es, a la relación entre artes… A éstas y a otras cuestiones atiende el capítulo “Ayala y la comunicación”. El siguiente, “Fuentes e influencias fundamentales”, tenía que abrirse, acaso de manera inevitable por el poso inequívocamente cervantino visible en la expresión de Ayala y en ciertas formas de su humor; quizá también porque coincide con Cervantes al plantear una visión problemática de la realidad, tenía que abrirse, repito, analizando la interpretación que Ayala mismo hace de Cervantes, para quien reclama, recordémoslo, una revisión crítica que, descartando tópicos tan arraigados como sin fundamento de validez, instale en el lugar señero que le corresponde la gran mayoría de su producción, incluida la poesía. Pues ese “juicio inveterado […] acerca de una supuesta mediocridad de Cervantes en cuanto no sea su Quijote. Es un prejuicio ridículo, y ya es hora de acabar con él” (Ayala, 1983:236; cfr. Vázquez Medel:198). Sin embargo, puntualiza Vázquez Medel: “Ayala no desea ofrecernos, como fan incondicional de Cervantes ninguna hagiografía (de hecho, no comparte algunas de sus opiniones; por ejemplo, la consideración de la novela como una épica en prosa). Muy al contrario, le [sic] contempla lleno de luces y de sombras o, como indicó en el título de la noticia de 1948, abyecto y ejemplar” (p.199).
Muy en breve, “Francisco Ayala y la literatura hispánica del siglo XX”, el otro escrito del mismo capítulo, menciona la huella – no solo formal- de grandes maestros de esa literatura en nuestro escritor y, viceversa, la de éste en ellos (Borges, Cortázar, Bioy Casares, Vargas Llosa, Muñoz Molina). Concluye afirmando, rotundo, que sin las más importantes obras “creativas” de Ayala en la literatura hispánica desde el pasado siglo hubiera faltado algo tan importante como “una conciencia lúcida, un fulgor del idioma, un puente entre una y otra orilla del Atlántico, una voz levantada en el desierto que pone ante nosotros la degradación de que somos capaces los seres humanos, pero también la belleza de la vida vivida en plenitud” (p.219).
De dos entrevistas -“conversaciones” las llama- se sirve Vázquez Medel para hacernos llegar, confirmados y ahora explicados por Ayala mismo, los más conocidos pareceres de éste sobre el mundo en que vivimos y algunos que no lo eran tanto. Sagaz, el entrevistador orienta las preguntas hacia aquellos aspectos del vivir, del escribir y, en definitiva, del pensar ayalianos que estimulen respuestas iluminadoras, contextualizadoras, mediante las que se nos acerque todavía más el escritor granadino. Anteceden al cierre del libro, ese “A modo de conclusión” que pronostica y explica el sentido que, sin duda, seguirá teniendo el placer de leer a Francisco Ayala en este siglo recién nacido, porque en sus libros “se encuentran muchas claves para afrontar con dignidad estos momentos convulsos, y nos permiten ir, más allá de nuestra limitada situación presente, hacia las raíces mismas de la condición humana, que sólo podemos encontrar encarnada históricamente en el fluir del tiempo” (p.242).
Seguro que, por una voluntad de no dejar de sernos lo más cercano posible, de seguir iluminándonos durante la peripecia de nuestra búsqueda, el escritor legó a la fundación de su nombre desde el emblemático cuadro del jardín familiar que pintó su madre hasta lo más granado de la personal biblioteca, rica en obras, muchas de ellas primeras ediciones, de los más importantes autores de la literatura universal. Invitados quedamos a traspasar la frontera de la simple curiosidad, más o menos perezosa, y adentrarnos en la aventura apasionante de ir tras el conocimiento. No tengo ninguna duda de que Manuel Ángel Vázquez Medel así continuará haciéndolo y, con ello, sirviéndonos de mediador ante la obra de Francisco Ayala. Éste, socarrón a la cervantina manera, en El jardín de las delicias planteaba como enigma, y hasta cuestionaba, la famosa, escultórica sonrisa del ángel de la catedral de Reims. Cómplices, Vázquez Medel y la editorial Alfar la llevan a la portada del libro al que vengo refiriéndome y que, tal como una huella, orienta nuestro viaje intérprete de los escritos de Francisco Ayala, pues también la lectura es restitución de aquella experiencia viajera con que Walter Benjamin definió la “narración poética”. Experiencia que, mediando Vázquez Medel, nos enseñará a adentrarnos en la escritura de Francisco Ayala para revivirla, en palabras de Álex Susanna con otro propósito, “como se evalúa un viento: por la intensidad y la dirección.”
Fecha de referencia: 17-noviembre-2007.